Con uno de los inicios más bellos que recuerdo del cine mexicano, se nos introduce, de manera onírica, a la comunidad menonita de Cuauhtémoc, Chihuahua. La historia de Johan, Esther y Marianne es la que se nos descubre al descorrerse el “telón”, una anécdota que va más allá de un simple amor dividido.

Desde los primeros planos se denota una singular relación entre familia-religión y el yo interno del personaje principal, Johan. El adulterio, contextualizado a nuestra idiosincrasia, puede no resultar un problema superlativamente grave, incluso es visto –erróneamente- con un tanto de cotidianidad, pero en la realidad menonita es causante de todo un conflicto existencial para Johan, quien además de llevar a cuestas la pesada carga de serle infiel a su mujer -con quien ha procreado siete hijos- también tiene que lidiar con que su padre es el predicador de la comunidad, una laudatoria figura, que asocia el enamoramiento de Johan con alguna maligna influencia. Sin embargo, cuando es reclamado por su hijo para que tome el papel de padre, el predicador se humaniza y confiesa que lo que acongoja a Johan no es más que una reanudación familiar de ciclos.

Johan decide, en al acto, deshacerse de los prejuicios religiosos. Es hasta después de cometer el “pecado” cuando surge el sentimiento de culpa que lo atormenta día y noche. Ese remordimiento hace decirle la verdad a su mujer, Esther, quien tiene que aprender a vivir con ello, porque el amor que Johan siente por Marianne, la tercera en discordia, es tal que no está dispuesto a despojarse de ella. Es este el problema y temor del padre de familia menonita, la dicotomía entre el amor de pareja y el de su familia, siente que no está obligado a amar a nadie, pero está anclado a su esposa, el protagonista se encuentra en una profunda y límbica interrogante.

Los no actores que interpretan a los personajes, llevan a raudales las emociones, destilándolas en cada escena por los poros de su lechosa piel. En una de las últimas escenas, la comunidad interpreta cánticos guturales despidiendo el cuerpo exánime de Esther, a la par que la madre llevaba a cabo la preparación mortuoria mediante un ritual, pero de forma inesperada, Esther resucita. Sin duda, nos remitió a la finísima película Ordet, de Carl Theodor Dreyer, un cine etéreo.

No hizo falta indagar y hacer tan explícitos y sórdidos los estrictos dogmas menonitas, al contrario; de manera sutil se hace más que evidente. El director tiene una exquisitez para narrar historias, proximidad con el espectador, planos expresivos que ayudan a contemplar la película con una profunda paz. La banda sonora de la película esta interpretada por los mismos animales y ruidos del pueblo; por el sonido de la naturaleza, ofreciendo esta película una activación y fusión total de los cinco sentidos. Así que si se tienen complejos hacia Carlos Reygadas, este es el filme idóneo para deshacerse de ellos, “Luz silenciosa” es un drama intenso pero estoico, una película serenamente bella, donde Reygadas no es una sorpresa (es una constante), ni lo es la fineza del guión, ni la elegantísima iluminación, tampoco la excelsa fotografía casi metafísica de Alexis Zabé. En cambio, sí es una grata sorpresa la pasión, la congruencia que hace de esta una cinta netamente emocional, mística, activa; es una película que conmueve en demasía. Te sobrecoge, te turba, y te ronda en la cabeza durante un buen tiempo, haciendo que nadie sea indiferente ante este gran drama.