[do action=»entresacado»]La catarsis griega se llegó a manifestar cuando alguien sentenció: “La muerte anda cerca de nosotros…”. Se hablaba de un suceso espantoso del día anterior. Pero una de esas tantas personas que habitan la ciudad y que seguramente comentaron la tragedia, ahora forma o formará parte de esta ruleta rusa que el destino nos impuso y en la cual nos tocó jugar… Constantemente nos preguntamos: ¿Por qué?…[/do]

Si hay algo por lo que el destino justifica su omnipresencia en esta tridimensionalidad, es la interrupción de la vida. Podremos labrar o ser “el arquitecto de nuestro propio destino”, pero definir cuándo serán nuestros últimos instantes, nunca.
Que gran misterio…estamos sujetos a ello. Aunque el ser humano esté encumbrado en las alturas del saber, de su propia historia, de logros y avances que en el pasado solo podían proyectarse en su imaginación, seguimos siendo unos primitivos frente a tan omnipotente ineludibilidad.
Para los griegos la ineludibilidad, hado o destino era llamado Ananké, es decir, la fuerza o energía sideral representada según el ideario de la antigüedad, por largos brazos que se extendían por sobre todo el universo y cuyo compañero indesprendible era Cronos, el tiempo. De ahí que juntos ponen a andar la maquinaria de nuestro reloj existencial, desde que nacemos hasta el momento que nos toca la suspensión de los signos vitales de nuestro cuerpo.

¿Por qué? ¿Por qué nos toca? Mientras que algunos de vida azarosa y temeraria, trasgresores de toda ley y principio se salvan de dejar de ver la luz del sol, a otros cuyas pretensiones no son las de vivir despilfarradamente, las moiras -hijas de Ananké y Cronos- en un acto mecánico, les cortan el hilo de su existencia.
La catarsis es un fenómeno emocional provocado por un hecho dramático propio del teatro griego en la antigüedad. Las leyendas de los héroes y epopeyas de la península del peloponeso, daban lugar a que la naciente y brillante dramaturgia griega retomara tales historias y las redimensionara bella y dolorosamente para crear un consciencia ética en el público ateniense del siglo V a. c.
Cuando al héroe trágico lo dominaba la hybris- soberbia- estaba fraguando su hamartia – error trágico, que por lo general violentaba el orden existencial y social; y al experimentar dolorosamente su anagnórisis -reconocimiento de su error- finalmente se postraba ante la Ananké. Pero era demasiado tarde.

Se ha definido catarsis como un fenómeno físico y emocional en el que los sentidos y el intelecto son cimbrados durante el proceso escénico de una tragedia. Se le denomina purga espiritual, pues por medio de ella el espectador sí experimentaba en cabeza ajena la espeluznante debacle del héroe trágico por haber infringido los principios esenciales que rigen al universo y por ende al ser humano.
En la catarsis griega al experimentar en cabeza ajena suceden dos fenómenos psíquicos trascendentales en el espectador para su toma de consciencia: La compasión y el terror.

Compasión porque el espectador al contemplar el sufrimiento del protagonista trágico lo percibe desde el plano de la colectividad, de la de presenciar retiradamente su desgracia que despierta un sentimiento de conmiseración y piedad.
De terror porque el mismo espectador sabe que eso que le está sucediendo al personaje, le puede suceder a él mismo; es decir: al mismo tiempo se origina un sentimiento de empatía hacia el héroe trágico y una identificación trascendental para su posterior reflexión y toma de consciencia, que ahora no se genera desde el plano colectivo sino desde el plano individual.
Compasión y terror, terror y compasión es la dialéctica con la que estudió Aristóteles para su “Arte Poética”, dedicando su obra al fenómeno estético y social de la tragedia griega.
Pero, ¿qué tienen en común la catarsis griega y el destino que estamos enfrentando debido a la violencia y el sufrimiento actual de nuestro entorno?
Ahora, todos los días nos purificamos o purgamos espiritualmente al enterarnos de muertes injustas sucedidas a familias y amigos allegados a nosotros. Nos solidarizamos y compadecemos a quienes han perdido a sus seres queridos de manera fatídica. Pero también nos horrorizamos al caer en cuenta que los próximos podemos ser ahora nosotros, o nuestros hijos, o cualquier miembro de nuestra amada familia.
Los que vivimos en el teatro sabemos de la catarsis griega que cimbraba consciencias en la antigüedad. Los que están ajenos a nuestro quehacer, no saben que diariamente experimentan este fenómeno. Fenómeno que hasta hace algunos años solo habitaba en los libretos trágicos y en los textos que la estudiaban. Desde hace casi un lustro, dejó de ser exclusiva del teatro griego para propagarse en la realidad de las personas.

Si mal, muchos de nuestros conciudadanos han resultado víctimas de la espantosa ausencia de humanidad, valores y principios, han estado surgiendo renovados individuos. Estas personas que antes gozaban de una felicidad aparente, ahora están intentando la serenidad –llamada por algunas filosofías y religiones como la verdadera felicidad- de manera auténtica a través del dolor y el sufrimiento, a través de su propia tragedia.

Los que terminamos como espectadores de los hechos, también resultamos individuos renovados.
Somos más sensibles, reflexionamos más; nos volvemos más solidarios y comprensibles y sobre todo renace un nuevo amor por la condición humana. El terror que despierta el infortunio de otros, nos hace replantear nuestra vida y las relaciones afectivas con nuestros semejantes.
La purga espiritual ya no se circunscribirá solamente al escenario, sino a la vida misma…a esa vida que había necesitado del arte para ser ordenada y que tal vez, en un tiempo no muy lejano, será que el arte necesitará de la vida para ser ordenado en una sociedad renovada… renovada por la antiquísima catarsis griega…

A la Maestra Élida Reyna.
Porque en la medida de mi insuficiente entendimiento a su gran sufrimiento, es la gran admiración que siento por su templanza…