«Aquí sí vale la pena hacer la analogía; ahora sí el toro no muere de una estocada…como el actor no debe de quedar afectado durante y después del capoteo emocional en la escena, aun con los riesgos que esto implica»

Decía un director de teatro de la región que uno de sus maestros les exponía una metáfora maravillosa que se podría analogar con el fenómeno actoral: “La actuación puede compararse con el arte taurino, en el que el actor
es el matador y el toro a la vez…él se tiende el capote de las circunstancias y él mismo se engaña en la embestida de la escena…”

Hasta aquí la comparación de este gran maestro -amante de la fiesta brava por cierto- del teatro con la tauromaquia, tendría que ver con lo que conocemos comúnmente como arte.
Aunque ésta es una palabra ya aplicada en distintos ámbitos de nuestra cotidianeidad: el arte de vender, el arte de la manipulación, el arte del buen decir, el arte de la seducción, el de la tortura, etc., no se puede dejar de hacer una aclaración en cuanto a llamar con esta elevada palabra a cuanta actividad humana se encamine a detentar el poder o dominación sobre cualquier ser vivo.

El teatro es un arte porque ayuda al ser humano a reflexionar sobre su entorno; y para eso se vale de recursos en los que la técnica refuerza con más legibilidad lo que el artista escénico quiere realizar en su acontecimiento teatral. Nadie debe salir lastimado más que la ignorancia y la pasividad; dando lugar a esa catarsis, a esa purificación que provocan la reflexión y el autoconocimiento en el espectador.

La fiesta brava es mal llamada arte taurino porque precisamente con el concepto arte disimulan, maquillan y sobre todo subliman de manera deliberada la barbarie y el abuso de poder que le imprimen a un animal, que con la excusa de que nació para ello, lo utilizan para diversión y negocio.

Digamos que es una actividad que también es catalogada como “deporte” pues está considerada en los segmentos de este tipo de programas. Que tiene una tradición de varios siglos y que tal argumento sustenta que no desaparezca de la vida cultural y social de nuestro país. Sin embargo, en varias ciudades de España -país que nos heredó este espectáculo- y  las cuales han sido su cuna, se han prohibido ya las corridas de toros como un avance propio de urbes de primer mundo y de civilidad.

Es evidente que  la palabra arte la utilizan como reivindicador de un evento muy semejante al circo romano en el que la sangre, el morbo y la emoción surgida, son parte de esta sensación de poder y prepotencia proyectada en el torero en contra de un animal cuya única ventaja es su fuerza y pesaje y que irónicamente es lo suficientemente ingenuo como para caer en las burlas del capoteo.

Otra muestra de esta usurpación de la palabra arte es el caso cercano de Don Fernando Ibarra, el máximo apologista de esta cultura de la tortura taurina en la región. Habla en su segmento televisivo de toros y letrillas; una mezcla que pone en contubernio el arte de la recitación con dicha salvajada, minimizando con voz dulce y modulada, un sadismo que raya en un vergonzante y empalagoso humor negro que se convierte en un insulto al sentido común. Tal parece que en un futuro no muy lejano por disposición gubernamental sus crónicas tendrán ya un cariz histórico.

Si de algo podríamos hacer la metáfora del maestro de teatro que se mencionó al principio, sería del espectáculo de “Los Forcados”. Toreros que no necesitan de torturar y hacer sufrir al toro.

Se trata de un espectáculo de agilidad, inteligencia, técnica y preparación física. Se ponen al tú por tú ante la fuerza del toro a pesar de las diferencias obvias. Esta manifestación antiquísima se retoma en Portugal en el siglo XIX; reavivando los tiempos en que el animal formaba parte de un ritual cultural  nacido en la antigua isla de Creta, y que era parte de un evento religioso en el que los toros eran animales sagrados que se permitían interactuar con los humanos que hacían con aquellos arriesgadas y vistosas acrobacias. 

Aquí sí vale la pena hacer la analogía; ahora sí el toro no muere de una estocada…como el actor no debe de quedar afectado durante y después del capoteo emocional en la escena, aun con los riesgos que esto implica… 
El arte de la actuación y el espectáculo de “Los Forcados”, acontecimientos genuinamente culturales en los que el ser humano enfrenta y sortea con inteligencia a las fuerzas supremas de la naturaleza.